De noche, todos son otros
Ella corre tres o cuatro pasos hasta la esquina y se abalanza sobre un poste de la Municipalidad. Gira torpemente en círculos aferrada al poste mientras suelta una risa infantil que retumba en el silencio de la madrugada, se ve como una bailarina de caño arruinada por una artritis. El apenas si sonríe, probablemente no lo esté disfrutando tanto como ella. En lo más alto del poste hay un extraño espejo convexo, un curioso aparato municipal que pretende quizás reemplazar absurdamente a un semáforo. Los dos se paran en plena calle, en el centro perfecto de la esquina; un taxista toca bocina y les hace señas de luces, ella se queja pero ninguno de los dos se mueve ni un centímetro. Se ven reflejados y deformados en el ojo de pez gigante, es un momento que sería más divertido con una cámara fotográfica, pero quizás mañana ella dibuje ese recuerdo y tenga algún significado más especial. No creo que estén enamorados, el amor induce a tonterías semejantes aunque con cierta cuota de reciprocidad que, al menos, no alcanzo a percibir. Pero se ven felices. Se van caminando de la mano, para perderse en la oscuridad, hasta que son una sombra difusa en la vereda, bajo los árboles y la tenue luz anaranjada de las luminarias callejeras.
(1º de diciembre de 2011, jueves, 1:57, en alguna esquina de Rosario)